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Actualidad · 4 jun 2026, 6:54 p. m.

El enigma del budismo, la religión que pierde millones de fieles mientras su influencia no deja de crecer

Una medición del Pew Research Center registra una caída, pero especialistas advierten que el budismo se expande fuera de los registros tradicionales

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Por un lado están los números. Por el otro, la observación empírica de quienes recorren Asia y estudian el fenómeno sobre el terreno. En el medio aparece una religión de 2500 años cuya evolución contemporánea resulta mucho más compleja de lo que sugieren las encuestas.

El budismo es la única de las grandes religiones mundiales cuya población total estaría disminuyendo. Esa fue la conclusión del Pew Research Center, que publicó sus estimaciones globales: entre 2010 y 2020 el número de budistas cayó en casi 19 millones de personas. Mientras el cristianismo y el islam crecen acompañando el aumento demográfico mundial, el budismo parecería haber entrado en lo que algunos analistas describen como un “invierno demográfico”.

Sin embargo, la foto podría estar incompleta. “Yo tengo muchas dudas sobre ese estudio”, señala Johan Elverskog, profesor de la Universidad Metodista del Sur en Dallas, Texas, y especialista en historia del budismo, en diálogo con LA NACION.

“En mis viajes por Asia lo que veo es exactamente lo contrario: el budismo está explotando”.

La contradicción revela un problema de fondo: medir el budismo es mucho más difícil que medir otras religiones.

El problema de contar budistas

A diferencia de tradiciones monoteístas con identidades religiosas definidas, el budismo suele coexistir con otras prácticas culturales. En buena parte de Asia oriental, la pertenencia religiosa es fluida y situacional.

Un caso típico es Japón. Una persona puede participar en rituales sintoístas durante la infancia, celebrar una boda de estilo cristiano y tener un funeral budista.

Si un encuestador pregunta si esa persona es budista, es posible que responda negativamente, aunque sus ritos de paso estén profundamente vinculados al budismo.

“La categoría ‘religión’, tal como la usamos en Occidente, es un concepto muy influido por el protestantismo”, explica Elverskog. “No encaja bien en las realidades asiáticas”.

Esa ambigüedad genera distorsiones estadísticas significativas. Según un análisis publicado en The Diplomat, en China la proporción de budistas puede variar entre el 4% y el 33% de la población dependiendo de cómo se formule la pregunta.

Una pequeña variación en la autoidentificación bastaría para neutralizar por completo la caída demográfica estimada por Pew.

A eso se suma un fenómeno difícil de cuantificar: los practicantes informales fuera de Asia. Personas que no se identifican como budistas pero consumen literatura del Dalai Lama, practican meditación zen o participan en retiros espirituales. En términos culturales, la influencia existe, pero en términos estadísticos, es más imperceptible.

Esa dificultad no es menor. El sociólogo de las religiones Martin Baumann también advierte sobre los límites de estas mediciones.

Especialista en el desarrollo del budismo en Europa y Occidente, señala a LA NACION que en esa región se observa “un crecimiento sostenido impulsado tanto por la inmigración desde países asiáticos como por procesos de conversión”.

Sin embargo, pone el dato en perspectiva: en todo el continente europeo (entre Europa occidental y oriental) hay alrededor de 2,5 millones de budistas, una cifra todavía marginal en términos globales, explica.

¿Una religión sin respaldo de poder?

Otra interpretación difundida sostiene que el budismo habría llegado debilitado a la era moderna por falta de apoyo político e intelectual. Según esa tesis, las élites confucianas chinas lo consideraban una filosofía individualista que chocaba con valores sociales como la piedad filial, especialmente por la vida monástica y el celibato.

Elverskog cuestiona esa visión. A su juicio, responde a interpretaciones académicas que han sido revisadas en las últimas décadas.

“El período de mayor expansión del budismo en China fue la dinastía Song”, afirma. “Los emperadores lo utilizaron como herramienta política y económica para consolidar el imperio”.

El ejemplo más ilustrativo es el patrocinio estatal de la impresión del canon budista, un proyecto monumental que duró tres décadas y requirió enormes recursos financieros. Lejos de ser marginal, el budismo fue en distintos momentos parte del aparato estatal chino.

Incluso en la actualidad, el fenómeno continúa bajo otra lógica. “El gobierno chino ha financiado la restauración de templos y monasterios como parte de una estrategia cultural nacionalista destinada a recuperar tradiciones consideradas patrimonio histórico”, explica Elverskog.

Lugares emblemáticos como el templo Shaolin se han transformado en instituciones con millones de seguidores y fuerte presencia mediática.

Retracciones históricas y renacimientos

La historia del budismo incluye períodos de declive real. En la India, su tierra de origen, prácticamente desapareció hacia el siglo XIII. Las causas fueron múltiples: la revitalización del hinduismo —que incorporó al Buda como una encarnación de Vishnu—, la pérdida de apoyo político y las invasiones turco-musulmanas.

En Asia Central ocurrió un proceso similar. El budismo dominó la Ruta de la Seda durante siglos, pero retrocedió cuando las rutas comerciales se desplazaron hacia el mar y el islam se expandió en la región.

Sin embargo, la historia moderna también muestra resurgimientos inesperados.

En India, el movimiento Navayana liderado por B.R. Ambedkar —arquitecto de la Constitución del país— provocó una conversión masiva de comunidades dalit en 1956. El objetivo era escapar del sistema de castas. Desde entonces, la población budista india creció de manera significativa.

“El crecimiento en India es enorme”, sostiene Elverskog. “Y entre las clases urbanas altas, la meditación y el yoga se convirtieron en símbolos de sofisticación y modernidad”.

Modernidad, competencia religiosa y adaptación

El impacto de la modernidad sobre el budismo es desigual según el país. En Corea del Sur, el cristianismo ha ganado terreno en las últimas décadas, asociado a la modernización económica y a vínculos con Occidente.

En Japón, algunos sociólogos hablan de “budismo funerario”, una institución cada vez más ligada exclusivamente a rituales mortuorios y menos relevante para las nuevas generaciones.

Los golpes políticos también fueron devastadores en ciertos contextos. Durante la Revolución Cultural china se destruyó la mayor parte de los monasterios tibetanos. En Camboya, el régimen de los Jemeres Rojos prácticamente aniquiló la orden monástica.

Sin embargo, el budismo mostró una notable capacidad de adaptación.

“Se presentó como una filosofía racional compatible con la ciencia”, explica Elverskog. Esa estrategia facilitó su expansión global en el siglo XX y XXI.

El ejemplo más visible es el mindfulness, una industria multimillonaria que tiene raíces en prácticas budistas adaptadas para contextos occidentales seculares.

¿Declive o transformación?

El debate sobre el futuro del budismo depende en gran medida de qué dimensión se observe. En términos institucionales existen señales de debilitamiento en algunas regiones. Pero en términos culturales e intelectuales, su influencia parece expandirse, según muchos expertos.

La propia doctrina budista introduce una ironía en el análisis: la impermanencia es uno de sus principios centrales. Todo cambia, todo se transforma.

Si la historia sirve como guía, el budismo ha sobrevivido a invasiones, persecuciones políticas, cambios económicos globales y revoluciones culturales. No sería la primera vez que atraviesa una transición profunda.

“El budismo está en todos lados”, resume Elverskog.