Cultura · 31 may 2026, 9:00 a. m.
El encuentro crucial de un joven Le Parc y su maestro Antonio Berni en París
Hacia 1962, los artistas habían coincidido en alquilar juntos un taller de ebanistería reconvertido en atelier en Cité Prost; tiempo atrás, recién llegado de Mendoza, Le Parc...
La escena se sitúa en un suburbio de París, el extrarradio o lo que los franceses llaman Banlieu a falta de una palabra tan satanizada como “conurbano” en Buenos Aires. Arcueil-Cachan es el nombre de la estación de tren en la que, luego de dos combinaciones, hay que bajarse de acuerdo a la instrucción, anotada con birome en el teléfono público de la Ciudad Universitaria, que deja Julio Le Parc. El mendocino llevaba para 2003 unos 45 años viviendo en Francia y yo seguía la ruta de Antonio Berni en la ciudad que había hegemonizado la escena del arte hasta que Estados Unidos invirtió fuerte en el expresionismo abstracto y el pop de Nueva York para torcerle el brazo en la guerra fría.
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Hacia 1962, Berni y un joven Le Parc habían coincidido en alquilar juntos un taller de ebanistería reconvertido en atelier en Cité Prost, un pasaje ya demolido e inexistente en una zona intermedia y de bajo valor inmobiliario entre los barrios Nation y Bastille. Más atrás, recién llegado de Mendoza, Le Parc había sido alumno de Berni en la escuela preparatoria Manuel Belgrano. Mientras cursaba y trabajaba en una fábrica de marroquinería, Le Parc se hacía tiempo para espiar a los cinco fantásticos afines al PC (Spilimbergo, Castagino, Urruchúa, el exiliado español Colmeiro y Berni) que trabajaban en un encargo por demás burgués como era pintar la cúpula de las Galerías Pacífico (antes Bon Marché, uno de los tantos afrancesamientos porteños).
A simple vista pareciera difícil ver algo de Berni en la obra de Le Parc. Uno figurativo, con el comentario socio político en la punta del pincel o de la prensa de gofrado o de los materiales de basura transfigurados por el assemblage. El otro, en apariencia, frío, cientificista, pendiente del efecto de la óptica, abstracto al fin. Sin embargo, tanto aquellas clases como la experiencia de ver una pintura mural en proceso fueron determinantes para que Le Parc pensara en el público de manera política sin hacer política. “La actitud del Grupo Mural fue muy contagiosa para nosotros”, dijo esa tarde fría Julio Le Parc en su taller de la Banlieu que entonces estaba listo para una obra que lo volvería del tamaño de una factoría de arte, mucho más sofisticado que aquel de Cité Prost que todos los testigos, algunos, ayudantes en común de los dos artistas, describían como algo “cochambroso”.
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Cuando Le Parc enfundado en un overol azul y con unos anteojos como de fábrica decía “nosotros” estaba pensando en el GRAV (Groupe de Recherche D’Art Visuel), el grupo con el que puso al cinetismo entre los movimientos neo vanguardistas de los 60. Y entonces habló de cómo Berni se espejaba en aquella búsqueda: nada menos que volver el arte hacia quienes no se reconocían como parte de la escena, la gente. Y siguiendo esa ruta Le Parc logró, como Berni, ser un vanguardista popular. Su exposición retrospectiva en el Di Tella de 1967 fue la más vista en el centro dirigido por Romero Brest así como la exposición de Bellas Artes organizada por Jorge Glusberg en los 90 consagró (pos mortem) a Berni como un blockbuster.
Le Parc volvería a ser récord con su antológica de 2019 en el exCCK y, en ausencia, volvió a ser el joven del Mayo Francés cuando la esfera azul que donó al Palacio del Correo quedó como telón de fondo del discurso del Presidente Milei para rebautizar el lugar. Nadie advirtió que Le Parc dedicó esa obra a la formación gratuita que recibió en Buenos Aires sin la que le hubiera sido imposible salir adelante. Ni que antes de viajar a París, había sido parte de la toma de la Universidad durante la sonada disputa “Laica o Libre”. Por supuesto que Le Parc estaba del lado de los laicos, de quienes exigían que la Universidad fuera sostenida por el Estado. Como en el 68, cuando estuvo de lado de los estudiantes y los obreros tal como lo atestiguaban todas esas obras que vi en su taller y que él nunca quiso mostrar porque “eran propaganda, no arte”. Es probable que la respuesta de Berni fuera otra.