
Actualidad · 20 oct 2026, 3:45 a. m.
¿Dónde está el sol? Qué muestran las estadísticas sobre la llamativa nubosidad de los últimos meses en la ciudad
De acuerdo con los registros del SMN, cuatro de los 10 meses transcurridos de 2026 han tenido más nubosidad de lo habitual; el pronóstico para los próximos meses
Los datos coinciden con la sensación urbana de que, a pesar de los escasos asomos de luz solar directa, la Ciudad de Buenos Aires se mantiene en una persistente trayectoria de cielos grises. Parecería que fue una máquina de nubes la que se instaló sobre varias partes del país, incluida su capital.
De acuerdo con los registros del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), cuatro de los diez meses transcurridos de 2026 han estado más nublados que la media. Este mes parece caminar en el mismo sentido: a solo 11 días de terminar y con el pronóstico de la semana en curso, es probable que octubre se convierta en el quinto mes con una nubosidad anómala. En sus primeros 19 días, ya equiparó la nubosidad promedio del mes.
Desde el inicio del invierno, el gris y el frío anómalo se han vuelto parte de la vida capitalina y, con ellos, varios efectos sobre la población. Entre junio y agosto se registraron 45 días nublados, lo que superó el promedio, en especial en agosto, que tuvo 18 días nublados. Buenos Aires ensayó un invierno de vocación londinense y parecería que la primavera seguirá el mismo curso. Amanece gris, sigue gris por la tarde y se va a dormir gris. Lavar ropa o salir, ya sea a caminar, se convirtieron en tareas cada vez más postergadas.
El Super Niño y los días grises por venir
El Niño es un fenómeno climático natural que se produce cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial se calientan más de lo habitual. Esto altera la circulación de la atmósfera y modifica los patrones de lluvias y temperaturas en distintas partes del mundo. En América del Sur, sus efectos pueden traducirse en precipitaciones más intensas en algunas regiones y cambios en las condiciones climáticas de otras.
El evento que sigue desarrollándose este año podría convertirse en el más intenso de la historia de los registros modernos. Los pronósticos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) apuntan a un calentamiento excepcional del Pacífico ecuatorial durante los últimos meses de 2026.
En la Argentina, el principal riesgo es el aumento de las lluvias, especialmente en el Litoral y la región central del país. Esto puede provocar inundaciones, anegamientos urbanos y crecidas de los ríos, además de afectar las viviendas, las rutas, la producción agropecuaria y otras infraestructuras. Los efectos podrían extenderse hasta comienzos de 2027, aunque su intensidad dependerá de cómo evolucione el fenómeno y de dónde se concentren las precipitaciones.
Que El Niño sea excepcionalmente intenso no significa que todo el país vaya a sufrir las mismas consecuencias ni que necesariamente se produzcan catástrofes. El impacto de fenómenos como las inundaciones depende de otros factores, como la humedad acumulada en los suelos, la capacidad de los ríos para evacuar el agua y las condiciones de la infraestructura. Pero lo que puede provocar en la salud mental de la población requiere menos. Para eso se necesitan días constantes de cielo gris que apabullen los ánimos de salir de casa.
Lo que la falta de luz provoca
La neuróloga Stella Maris Valiensi, a cargo de la sección Medicina del Sueño del Hospital Italiano y autora de La ruta del sueño, eligió una cita de Julio Cortázar para iniciar su explicación científica a LA NACION en agosto, cuando se experimentó por primera vez en el año lo que significa la falta de luz. “El tiempo entra por los ojos, eso lo sabe cualquiera”, definió el escritor, en una frase muy en línea con la fisiología humana.
“A través de la vista, la luz busca en nuestro cerebro un pequeño grupo de neuronas que constituye el llamado núcleo supraquiasmático”, señala Valiensi. Ese núcleo es el reloj central que avisa cuándo es de día y cuándo es de noche. Y, salvo los humanos autoproclamados nocturnos, somos una especie que vive de día.
Daniel Álvarez, jefe de la Unidad de Patologías del Sueño de la Clínica Universitaria Reina Fabiola de Córdoba, pone la serotonina en el centro. “La serotonina es un neurotransmisor asociado al estado de ánimo, y se necesita cierto efecto lumínico para que se active durante el día. Es uno de los neurotransmisores que sostienen una vigilia adecuada y, por ende, un mejor estado de ánimo”, afirma el experto.
Este proceso ha sido estudiado durante décadas en países donde el gris es más convencional, como Reino Unido, Canadá o Estados Unidos. De hecho, el National Institute of Mental Health de Estados Unidos tiene, en su sección de preguntas frecuentes, un apartado que explica el trastorno afectivo estacional y lo define como “un tipo de depresión que se caracteriza por un patrón estacional recurrente, con síntomas que duran entre cuatro y cinco meses al año. Los signos y los síntomas de este trastorno incluyen los que se relacionan con la depresión, así como los síntomas específicos del trastorno que difieren según se trate del trastorno afectivo estacional de patrón invernal o del de patrón de verano”.
Un estudio publicado en 2008 analizó a 88 personas sanas en Toronto, Canadá, y encontró que la disponibilidad de transportadores de serotonina en el cerebro era entre un 10,6% y un 16,1% mayor en otoño e invierno que en primavera y verano, según la región cerebral. Los transportadores son proteínas que funcionan como pequeños recolectores: retiran la serotonina del espacio entre las neuronas y permiten que vuelva a las células que la liberaron. Por eso, cuantos más transportadores hay disponibles, más rápido podría retirarse la serotonina y menos tiempo permanecería activa. En consecuencia, podría reducirse la sensación de estar activos, cargados de energía, concentrados o con ánimos de socializar.
El estudio también encontró que, cuanto menos duraba la luz solar diaria, mayor era la disponibilidad de estos transportadores. Esto podría ayudar a explicar por qué los meses con menos luz se asocian con cambios en el estado de ánimo y la energía.
Menos luz, entonces, significa menos serotonina, pero también una regulación menos adecuada de la melatonina y menos vitamina D3. “Cambios sutiles no van a producir una depresión mayor ante una falta de luz por algunos días”, aclaró Álvarez, pero sí pueden ocasionar un mayor cansancio, irritabilidad y una sensación de desánimo, todo transitorio. Y parecería que hay una mayor probabilidad de que, al igual que el invierno, esta primavera sea más gris de lo normal.
Con información de un informe de Soledad Vallejos para LA NACION